Velocidad equivocada

15 de septiembre de 2025

Hay viajes que empiezan con una señal. Este empezó con una llanta pinchada.

Era domingo en Arequipa. La moto ya estaba cargada, el check-out del hostel estaba hecho y el día prometía uno de esos trayectos largos que son el combustible de este tipo de aventuras. Hasta que noté que la rueda trasera no tenía donde caerse: estaba en el suelo.

Domingo significa todo cerrado. Significa que el margen de error es cero y que el tiempo, que ya se había puesto en contra, no iba a esperar. Arranqué la moto con cuidado —con el miedo razonable de dañar la llanta más de lo que ya estaba— y salí a buscar un taller abierto a punta de preguntarle a quien se cruzara. Un venezolano en un semáforo me salvó los primeros minutos: me mandó a pocas cuadras.

El taller estaba abierto. Era el único, y todos lo sabían. La fila era la consecuencia natural. Pero al mecánico, Augusto, no parecía importarle: trabajaba con una calma que hacía pensar que el domingo era el mejor día para hacer las cosas despacio y con cuidado. Mientras yo era el último en la lista, él me preguntaba por el viaje con genuina curiosidad. Me contó que él también tenía el gusano del viaje, que empezaba en bicicleta a recorrer su propio Perú.

Antes de que yo pudiera irme, me miró con una media sonrisa y dijo: "Aprovecha ahora que no tienes hijos."

Me reí. No sabía todavía que esa tarde le iba a dar la razón de una manera que no habría querido.


Cuando saqué la moto y empecé a organizar el equipaje de nuevo, apareció Jorge. Motero en una BMW, buscando dónde instalar una llanta para una rodada del fin de semana. Nos pusimos a hablar con esa naturalidad con la que los moteros se reconocen entre sí, y casi una hora después seguíamos en lo mismo: motos, viajes, rutas.

Fue él quien me lanzó la idea: ir de Arequipa a Puno por la ruta 34C, una trocha poco transitada que sube hasta los 4.500 msnm. En Perú, las rutas con números seguidos de letra —B, C, D— tienen una reputación establecida: sufridera garantizada, paisaje espectacular asegurado. Jorge lo dijo con el entusiasmo de quien ha estado ahí y volvió a contarlo.

Lo que Jorge no me dijo, o lo que yo no calculé bien, fue el factor tiempo.

Salí tarde. Más tarde de lo que debía.


Los primeros kilómetros confirmaron todo lo que Jorge había prometido. La 34C asciende desde los 2.000 metros con una generosidad de paisaje que pocas rutas ofrecen: pastos verde-amarillentos pálidos extendiéndose hasta donde la vista alcanza, llamas y vicuñas cruzando la trocha como si el camino fuera suyo —porque, de alguna forma, lo es—, y un frío limpio que entraba por los bordes del casco recordando la altura.

Saqué el dron. Tomé fotos. Volé más de lo que debía.

El sol bajó más rápido que mi sentido de urgencia.

Cuando caí en cuenta de que la oscuridad ya era un hecho y no una advertencia, estaba a más de 10 km del siguiente pueblo, en trocha, en el altiplano, sin equipo para pasar la noche, con una temperatura que ya rondaba los 5 °C y bajando. El desespero llegó con la oscuridad, como si fueran de la misma familia.


El primer susto fue una advertencia que no supe leer correctamente.

En un momento no vi una bajada por donde cruzaba un río. Iba a más de 50 km/h —de noche, en trocha, solo— cuando la moto encontró la pendiente antes que mis ojos. Estuve a nada de salir volando; solo la reacción del cuerpo, más que del juicio, evitó que terminara en el suelo. La moto se zarandeó por unos 15 metros mientras yo intentaba que las ruedas recordaran para qué sirven.

Debí parar ahí. Respirar profundo. Recalibrar.

Paré. Respiré. Comí algo bajo un cielo poblado de estrellas con una densidad que en las ciudades ya no existe. Quince minutos. Retomé. El susto había bajado, pero la ansiedad seguía ahí, sentada en el asiento trasero, metiendo los pies en los estribos.

Unos 20 km después, crucé un grupo de personas que salían de lo que parecía su trabajo. Algo en mí cedió: si hay personas, hay pueblo cercano. Quise llegar. Aceleré.

Ahí se juntaron todos los errores en un solo lugar.

El grupo de vehículos me rebasó y levantó una nube de polvo que se fundió con la niebla que ya empezaba a formarse en el altiplano. En lugar de frenar y dejar que el polvo se posara, tomé la peor decisión disponible: intenté seguir su ritmo, guiándome solo por las luces traseras sin conocer el camino, sin saber lo que había adelante. Lo que había adelante era un río y un derrumbe a mitad de una curva.

Sin visibilidad, entré demasiado rápido. Un montículo de tierra me sacó de la trayectoria y salí despedido hacia el costado derecho.

La moto quedó boca arriba. Yo quedé en el suelo, mirando el cielo lleno de estrellas desde un ángulo que no había planeado.


Lo primero que llegó no fue el dolor. Fue el olor a gasolina.

Llevaba un galón extra en un bidón sujeto en la parte delantera, y el cerebro, en ese estado de pánico que mezcla adrenalina con altitud, construyó el peor escenario posible en segundos: tanque roto, combustible derramado, 200 kilos de equipaje que empujar en la oscuridad y el frío, solo, en una ruta donde casi no pasan vehículos.

Empecé a pitar. A gritar. Esperando que alguien de la cola del grupo me hubiera escuchado caer.

Nadie.

Pasó una van de transporte escolar. Les hice señas. Siguieron de largo.

Ese fue el momento de mayor miedo. No la caída. No el frío. Sino el silencio después de la van, cuando la posibilidad de que nadie más pasara en mucho tiempo se instaló con toda su solidez.

Entonces, paradójicamente, volvió la calma.

Saqué el equipaje con calma. Puse la moto de pie con calma. Inspeccioné el tanque: intacto. Intenté encender: nada. Revisé de nuevo, con más atención. El cortacorriente estaba bloqueado por el impacto. Un interruptor. Eso era todo.

Me reí. Con la risa de quien acaba de construir una catástrofe en su cabeza que nunca existió fuera de ella.

Encendí la moto. Seguí.


Waze decía 4 horas entre Arequipa y Puno. Tardé 10.

En esas diez horas estuvieron: una llanta pinchada en domingo, un mecánico que trabaja con calma porque sabe algo que los viajeros tardan en aprender, un consejo entusiasta que olvidó mencionar la hora de salida, el altiplano más hermoso que he visto, la oscuridad más densa, dos sustos, una caída y un cortacorriente que resolvió lo que parecía irresoluble.

Augusto lo sabía. Trabajaba en domingo con la paciencia de quien no tiene prisa porque sabe a dónde va.

Yo lo aprendí a 4.500 metros, en el suelo, mirando estrellas.

Moraleja: Bajar revoluciones también es avanzar.