Paso fronterizo La Quiaca - Villazón

2 de diciembre de 2025

Día de frontera: La Quiaca - Villazón.

Paso fronterizo La Quiaca, Argentina – Villazón, Bolivia.

Es domingo, 12 del mediodía, y me aproximo a la ciudad de La Quiaca después de 200 kilómetros recorridos desde la ciudad de Tilcara, Argentina.

En unas tres horas que me tomó el recorrido, pasé por paisajes increíbles: montañas con una variedad de colores en cada capa, montañas tan altas como extensas son sus planicies amarillentas, típicas del altiplano. Pasé por un frío que aumentaba con cada metro que subía sobre el nivel del mar y que me anunciaba ya la aproximación con Bolivia.

No solo fueron los paisajes y el frío lo que me decía que ya estaba cerca de este país; también comenzaba a ver la fuerte influencia cultural de Bolivia, que contrastaba fuertemente con lo que venía viendo en Argentina. Lo que más llamó mi atención fueron los cementerios que pasaba en la carretera de cada pequeño pueblo; en ellos veía en cada tumba, en la parte superior de las lápidas, que las cruces estaban decoradas con bolas de lana de colores rosados, azules y amarillos vibrantes.

Veía la influencia en su gente: mujeres mayores de contextura gruesa, de tez mestiza, de pelo negro con un sombrero pequeño, vestidas con faldas anchas y voluminosas —las polleras— y mantas decoradas con patrones geométricos de colores vivos. Algunas sentadas sobre alguna pequeña piedra cerca de algún poste de luz, mirando al suelo, pensando o quién sabe esperando qué o a quién. Hombres más o menos de un metro con 50 o 60 centímetros, de contextura delgada, que a diferencia de las mujeres usaban un sombrero grande de ala ancha; tan grande que los hacía ver pequeños e indefensos, y siempre con un paso lento y con la mirada fija en una dirección.

Lo primero que veo al llegar a la ciudad de La Quiaca es su letrero: “Ciudad de La Quiaca, Altura S/Nivel del mar 3445m”. Es de un color verde apenas perceptible por la cantidad de stickers de una variedad de idiomas y orígenes, anunciando que es un lugar importante para moteros y motoaventureros. Al letrero lo acompaña una silla de madera de color blanco y un rojo terracota, donde apenas —como en las motocicletas— caben dos personas.

Moto frente al letrero de La Quiaca

Parqueo la moto y me bajo para tomarle la foto a mi compañera: la moto con el letrero de fondo. Me acerco al letrero para detallar los stickers, buscando qué tantos colombianos habrán pasado por acá. Veo pocas, pero noto que la bandera de Brasil es la más frecuente, y tiene sentido: Colombia está a unos 4.600 km, mientras que la ciudad más cerca de Brasil, a unos 1.800 km.

Avanzo un poco más en búsqueda de la aduana, tratando de seguir mi instinto y no el celular, intentando adivinar cuál era la calle principal que desembocaba en la aduana, pensando que sería imposible perderme en una ciudad pequeña. Llego a un semáforo, veo tres motocicletas de viaje, me acerco y veo que se están tomando fotos con un monumento. Espero que cambie el semáforo, me acerco y me encuentro con que el monumento es el que anuncia el final de la mítica Ruta 40.

Moto frente al letrero del monumento a la ruta 40

El monumento, rodeado de calles polvorientas y empedradas, está conformado por seis letreros del estilo de carretera con información de la ruta, como: coordenadas, otro con una mención al libertador del sur “Libertador General Don José de San Martín”, el famoso letrero de la Ruta 40, y otro con énfasis en que es el fin de una de las rutas míticas de Latinoamérica. Y no es para menos, ya que esta vía es la más larga de Sudamérica con una distancia de 5.080 km. Lo raro es un carrito minero en todo el centro del monumento; carrito que parece perdido, puesto al azar y que es eclipsado por la cantidad de stickers de clubes de motos y motoviajeros. Yo me preguntaba: ¿a quién se le ocurrió poner un vagón de tren minero en un lugar consagrado para homenajear la aventura y los viajes?

Después de una parada para comer algo y comprar el último paquete de yerba mate, me dirigí a hacer el proceso fronterizo. Esta vez, a la emoción que siempre despiertan los pasos fronterizos en los viajeros, iba también un poco de miedo, ya que la moto se quedó tres meses parqueada en Mendoza mientras yo le huía al fuerte invierno de julio y agosto. Miedo porque esto no es del todo legal; yo debí anunciar a la aduana argentina que la moto se quedaba en el país, cosa que nunca hice, y esperaba no me multaran por esto.

Llego a la frontera y, para sorpresa mía, parecía más una frontera de algún lugar aislado de Argentina y no la principal frontera entre Bolivia y Argentina: es una pequeña entrada con tres carriles para carros y casetas contiguas de no más de 50 metros de largo, antecedida por una calle rota y una futura garita que promete modernidad.

La persona que me atiende del lado argentino es súper atenta y se ve súper relajada. Como todo domingo obliga a trabajar: lento y con calma, porque hasta el sistema estaba en la misma sintonía. Después de un tiempo esperando que el sistema se reactive o saliendo de su letargo, y pasando incluso por la autorización de otra persona —con la que se comunica la señora por medio de un walkie talkie, dándole al ambiente aún más la sensación de domingo—. Cuando el sistema se activa, me hace las preguntas de rutina dos veces; la primera por pura memoria muscular, la segunda porque el sistema se lo pedía. Revisa el sistema y me dice que todo está bien, me da un papel pero no pone ningún sello en el pasaporte, los anhelados sellos que todo viajero espera escuchar. Pregunto por qué Argentina los ha quitado y me contesta que por políticas de la nueva administración con una sonrisa en la cara, con un poco de modo irónico. Le sonrío de vuelta afirmando la ironía y continúo a la siguiente casilla del lado argentino, la aduana, donde me comienzo a poner nervioso.

La funcionaria de aduana sí estaba más seria, un poco más en su papel de funcionaria de la nación, pero sin aniquilar la sensación de domingo. Su mirada directa e inquisidora y el miedo de los meses de la moto parqueada daban vueltas por mi cabeza, haciendo que el proceso se hiciera mucho más estresante y lento. Mientras ella revisaba los documentos y ponía una cantidad de sellos en dos papeles, mi mente no paraba de pensar en los días exactos de la moto parqueada; calculaba con los dedos nerviosos los meses pasados que habían quedado registrados en el papel, solo para sonar seguro al responder si me preguntaba por qué había abandonado el vehículo sin avisar a la aduana. Trataba de recordar lo que le había dicho a la funcionaria de migración, para que fuera coherente y que no me fuera a delatar si se comunicaba por el comunicador.

Los minutos en la aduana fueron los minutos más largos y sufridos de mi estancia en Argentina, hasta que por fin me dio el visto bueno, puso un par de sellos más y dijo alguna otra cosa que no escuché por la emoción de no tener que pagar ninguna multa. Continué por el pasillo a la ventanilla siguiente pensando que era la de Migración Bolivia, pero no. Eso era lo que no le escuché a la aduana argentina; lo que me dijo fue que me tocaba pasar el puente que cruza el río que separa los dos países: el Río de La Quiaca, y si Bolivia me permitía el ingreso, me tocaba devolverme por el mismo puente para hacer el proceso aduanero de la importación temporal de la moto.

En Migración Bolivia el domingo hacía igual su presencia. La persona que me atendió, una señora grande, abrigada con un saco gris y que bebía de un mate grande cubierto de cuero negro, sin casi contacto visual y sin mayor preocupación, hizo la única pregunta: “¿de dónde provenía?”. Asumo yo que es la mínima para cumplir con el procedimiento. No preguntó más; me dio el visto bueno para ingresar al país, puso otro sello que se sumaba a los otros dos argentinos, vio el casco en la mano y me indicó con el dedo pulgar, mirando hacia abajo, que ahora seguía el proceso con la Aduana Boliviana: el último sello para disfrutar de un país que desde hace mucho quería recorrer.

En la aduana de Bolivia había cinco funcionarios como si estuvieran en un asado en el patio de una casa, hablando de quién sabe qué, pero, creo yo, con el único objetivo de quemar tiempo de domingo. Algo que me llamó la atención fue que todos los funcionarios (todos ellos hombres) portaban apenas un saco de la institución; vestían al borde de la informalidad, cada quien con su prenda de domingo. Pero lo que más me llamó la atención es que llevaban gorras que daban el indicio de algún gusto personal; por ejemplo, la gorra del que me atendió me decía que tenía afinidad con los carros, ya que tenía el nombre familiar de algún taller mecánico.

Después de llenar un formulario en internet por medio de un QR impreso en un papel amarillento y maltratado —que el funcionario me pedía llenar con desgana—, unas preguntas básicas sobre la moto y yo (preguntas que contrastaban con la rigurosidad de las otras cuatro fronteras que ya había pasado) y una revisión del número de chasis, el funcionario me habilitó el ingreso. Puso el último sello en el papel al lado de los otros coleccionados y me dio la bienvenida mientras se giraba para tomar camino a su cubículo; saltó una baranda, se sentó en su lugar y, mirando a sus compañeros, dijo algo que asumo yo era para retomar el hilo de la conversación que un migrante se atrevió a interrumpir.